Y me dolieron los pies, y camine.
Y no tenía los mejores zapatos, pero me animé.
Y la calle no estaba preparada para peatones, y la crucé.
Y mi billetera no estaba preparada para el transporte público, pero me adapté.
Así llegue a mi próximo destino, con una sonrisa. No se necesitaba música para acompañar el momento, mi sonrisa lo adornaba todo. La felicidad la trajo volver a una costumbre tan básica como caminar... Caminar y apreciar el alrededor. Tambien fue el saber que no se depende de cuatro ruedas, sino de dos pies; el volver a la independencia de mis dos pies.
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